Formacion XXI. Revista de formacion y empleo

Formación XXI.

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Julio 06

Tendencias claves de la globalización económica

Por Zufiaur , Consejero del comité económico y social europeo

La globalización se puede entender como la interdependencia creciente de todos los pueblos del planeta y en todas las dimensiones de nuestras sociedades (simbólica, ideológica y económica). La globalización ha generado riqueza, pero ha provocado también desigualdades. Luchar contra ellas exige a juicio del autor nuevas orientaciones como la necesidad de un nuevo internacionalismo que reconduzca el modelo neoliberal y la profundización de la democracia social con la participación de las organizaciones sindicales y sociales.

Introducción

La globalización o mundialización (a los efectos de esta exposición, vamos a utilizar de forma indistinta ambos términos, aunque no siempre se quiere decir lo mismo cuando, sobre todo en los foros académicos, se emplean tales conceptos) se puede entender como la interdependencia creciente de todos los pueblos del planeta, el acercamiento que nos hace vivir, como dijo Kant hace más de doscientos años, codo con codo. Una interdependencia que abarca actualmente a todas las dimensiones de nuestras sociedades y no solamente a la dimensión económica. La globalización es ya una realidad pero es también todavía un proceso en marcha. Estamos en plena expansión de una experiencia que no es nueva - han existido otras varias "mundializaciones": desde el descrubrimiento del Nuevo Mundo, hace quinientos años, hasta la expansión de la economía internacional de los países industrializados entre 1870 y 1914, pasando por el desarrollo de religiones de alcance mundial - pero que al mismo tiempo es inédita por su expansión geográfica y por sus ramificaciones sociales. Es una dinámica que se desarrolla a escala del planeta y que introduce sus lógicas de crecimiento y de innovación pero también de degradación social, medioambiental, cultural. La mundialización es, también y esencialmente, una nueva etapa de desarrollo del capitalismo, con un predominio del capitalismo financiero, que tiene características nuevas y otras de regresión hacia formas del pasado.

Que la globalización se caracteriza , pues, por el carácter mundial de una serie creciente de fenómenos- la destrucción de la biosfera y el calentamiento global, la deforestación, la pérdida de biodiversidad y de ecosistemas, la contaminación de los mares, los déficit hidrológicos, la difusión de las pandemias de impacto mundial, la intensificación a gran escala de la pobreza, la fractura digital, la volatilidad de los mercados financieros, el impacto de los desastres naturales, los nuevos desafíos para el mantenimiento de la paz y la seguridad, los movimientos migratorios provocados por la inseguridad, la pobreza o la inestabilidad política sistemáticas -es algo que se va imponiendo cada vez con más nitidez en la conciencia de los ciudadanos de todo el mundo. En este mundo globalizado es tan evidente que este tipo de problemas globales nos afectan a todos como que no los puede resolver cada Estado por su cuenta. Es necesario establecer fórmulas de cooperación y mecanismos de regulación mundiales, ya que los nuevos problemas globales exigen compromisos y regulaciones globales.

La globalización es económica, sobre todo, pero también es crecientemente política y cultural. Lo más característico de este proceso de mundialización es la imbricación creciente de las economías nacionales en el sistema global de producción, sobre todo a través de las empresas multinacionales. A este sistema de producción mundial se corresponde una extensa red de relaciones comerciales. El comercio internacional ha alcanzado en las últimas décadas niveles sin precedentes. A esta producción crecientemente trasnacional y al incremento de los intercambios comerciales internacionales se junta una dinámica financiera que se ha convertido en un elemento central de la globalización económica. Los flujos financieros globales han aumentado exponencialmente desde los años 70.

A su vez, los problemas globales plantean la necesidad de políticas globales. El rápido incremento de los desafíos trasnacionales está generando un sistema de gobernanza multicéntrico (frenado principalmente por la potencia hegemónica, EEUU) tanto dentro como fuera de las fronteras nacionales. Por una parte, con la importancia de lo local, como reacción y respuesta a lo global. Por otra, por el desarrollo de asociaciones, organismos y organizaciones regionales y mundiales y por elementos de regulación regionales o mundiales. La Unión Europea, el Protocolo de Kyoto, la emergencia de grandes organizaciones mundiales de la sociedad civil, son algunas manifestaciones de esta nueva gobernanza multicéntrica. Siendo ello verdad, no es menos cierto que muchas de esas instituciones son poco democráticas, están sujetas a la influencia o el veto de las grandes potencias, su eficacia se orienta más a la expansión del mercado y a la libertad de actuación de los capitales que a la regulación social, política y medioambiental.

La globalización tiene, así mismo, un componente cultural. Los medios de comunicación y la industria de la cultura están generando la sensación de pertenencia a un mundo único y han abierto la posibilidad de penetración comercial de productos y de marcas globales, dentro de un contexto en el que los comportamientos sociales tienden a homogeneizarse en el nivel trasnacional.

La globalización ha venido impulsada por un conjunto de fuerzas y de transformaciones producidas en las últimas décadas. Cambios como la revolución de las tecnologías de la información y de la comunicación, que han modificado las comunicaciones globales y las formas de producir; el desarrollo de mercados globales de bienes y de servicios, vinculados a esa nueva distribución de la información y a la apertura de las barreras comerciales; el debilitamiento de los Estados nacionales y la articulación de la acción política en múltiples estratos, hacia abajo con una mayor descentralización y autonomía de los ámbitos locales y regionales y hacia arriba, con una transferencia de soberanía hacia los niveles de integración regional supranacional y hacia las instituciones mundiales; el fin de la guerra fría y la difusión de los valores democráticos por gran parte del mundo; la internacionalización de la seguridad; el agravamiento de los problemas medioambientales y de las enfermedades infecciosas por encima de las fronteras; el aumento de los movimientos migratorios; la irrupción de una especie de sociedad civil global.

La mundialización está directamente vinculada a las nuevas tecnologías de la comunicación y al desarrollo, en todos los sentidos, de los medios de transporte. Siendo ello importante, lo más decisivo ha sido la compresión del tiempo y del espacio que ha sido posible por la comunicación electrónica instantánea, la utilización de Internet, de la videoconferencia, del teléfono móvil, de las informaciones que las TV nos transmiten en "tiempo real" de lo que sucede en el mundo.

La mundialización viene impulsada, igualmente, por la estandarización creciente de los mismos bienes, de los mismos servicios, de las mismas ideas. Ello tiene el riesgo de debilitar o destruir las tradiciones locales y las diversidades regionales o nacionales. Pero puede, así mismo, desencadenar repliegues identitarios y confrontación entre distintas culturas y civilizaciones.

La mundialización económica se ha desarrollado al unísono con la desreglamentación de los mercados financieros, lo que ha favorecido la afluencia de capitales hacia cualquier parte -rentable- del mundo. El capitalismo moderno se ha organizado como una gigantesca sociedad de propietarios anónimos. Trescientos millones de accionistas, concentrados en un 90% en EEUU, Europa y Japón, controlan casi la totalidad de la capitalización bursátil mundial. E invierten gran parte de sus ahorros a través de miles de operadores (SICAV, fondos de pensiones, compañías de seguros), cuyo único objetivo es, con la ayuda de la mundialización, enriquecer a sus ordenantes. El "capitalismo renano", centroeuropeo, vinculado a la industria y con estrategias de rentabilidad a medio plazo, ha perdido fuerza en beneficio de un capitalismo financiero, de matriz anglosajona, orientado a la satisfacción a corto plazo del accionista, por encima de cualquier otra consideración política, social o ambiental.

La liberalización del comercio internacional y del movimiento de capitales, la disminución de los costes del transporte y de las comunicaciones está, a su vez, acelerando la tendencia hacia la división internacional del trabajo y propiciando nuevas estrategias por parte de las empresas. Las multinacionales pueden, cada vez más fácilmente, colocar su producción en diversos lugares del mundo como consecuencia de lo que se ha denominado "fragmentación de la cadena del valor" y también "desintegración de la producción": el diseño se hace en un país, el montaje en otro, determinadas piezas en el de más allá, el tratamiento de los datos y la contabilidad en otro distinto. Se ha producido la separación entre los lugares de producción y los lugares de consumo. Las deslocalizaciones que afectaron a finales del siglo pasado a algunas industrias básicas (textil, electrodomésticos) se están extendiendo actualmente a los servicios (centros de llamada, contabilidad), en función de las ventajas relativas o de las estrategias competitivas de las empresas. Esta posibilidad de deshubicación productiva se refuerza y alimenta con la tendencia de las empresas a centrarse cada vez más en el núcleo central del negocio y a externalizar y subcontratar, en el país o en el extranjero, la producción que realizan o los servicios que utilizan.

La globalización es ya una realidad, pero es todavía un proceso en marcha. El objetivo principal de la globalización económica - que es la que arrastra el proceso - es el pasar de un mercado inter-nacional a un mercado mundial único. Pero ese mercado, pese a que como luego veremos ha avanzado mucho en esa dirección, no es enteramente un mercado único. Hay todavía obstáculos a la plena movilidad del capital financiero, productivo y comercial y a la apertura total de los mercados: Estados nacionales, monedas nacionales, reglas nacionales, salarios nacionales, etcétera, son otros tantos frenos a ese objetivo globalizador del nuevo capitalismo. Y tampoco se puede hablar con propiedad de un mercado mundial: no todas las mercancías pueden circular libremente y tampoco los trabajadores pueden circular libremente por el mundo en busca de trabajo.

La globalización es una nueva etapa de desarrollo del capitalismo. La mundialización supone la extensión al conjunto del planeta de un modo de producción (el capitalismo, en su fase de expansión financiera); de una ideología y de unas recetas de gobierno (el neoliberalismo); y una dominación comercial y cultural por parte de los países más desarrollados. La actual fase del desarrollo capitalista supone elementos de continuidad, de regresión y de novedad. La continuidad , en primer lugar, de la misma lógica: buscar una mayor acumulación de capital, la eliminación de concurrentes, la ampliación de beneficios. Entre otras cosas, mediante la superación de las fronteras y la ampliación de los mercados. Regresión , en segundo lugar, respecto a las grandes conquistas, en Europa sobre todo, del movimiento obrero: la seguridad social, los convenios colectivos, la educación pública para todos, las leyes sociales, los servicios públicos. Esa gran conquista del Movimiento Obrero está siendo erosionada donde existe y negada en las otras partes del mundo. Ese es uno de los grandes objetivos de las fuerzas que impulsan la globalización. La novedad se encuentra, por un lado, en el progreso de las condiciones materiales -avances tecnológicos- que favorecen la globalización. Y, de otro lado, en que el capitalismo se ha convertido en el sistema mundial, tras los cambios políticos y de orientación de la economía en la URSS, en China y en otros países del tercer mundo.

Dimensiones

Las distintas dimensiones de la globalización

La mundialización se nos presenta en una triple dimensión: simbólica, ideológica, económica.

Muchos medios de comunicación, centros emisores de opinión y múltiples informes de todo tipo de instituciones internacionales pretenden presentar la mundialización como algo "natural", "inevitable", "insoslayable". La mundialización se presenta como un imperativo básico, ante el que no se puede hacer nada, sólo adaptase. Ya que los que no sean capaces de adaptarse corren el riesgo de ser eliminados de la carrera de la competitividad. La supervivencia de cada empresa, región, país, continente pasa por la adaptación eficaz al mercado mundial. Esta es la dimensión simbólica de la globalización.

Este discurso encierra un potente determinismo económico que pretende justificar, sin ninguna oposición, muchas políticas públicas, pese a su impopularidad. Todo se justifica por las exigencias que vienen desde arriba (sea la OCDE, el Fondo Monetario Internacional o la Unión Europea), desde esa especie de nuevo "derecho divino" que constituyen los imperativos de la mundialización. Muestra de ello son los contenidos de algunos informes de este tipo de organismos internacionales en los que nos alertan de las "amenazas" de la globalización, nos incitan a las "batallas" de la competitividad, nos previenen de la "invasión" de productos procedentes de los países con bajos salarios y mínima protección social. Se introduce así en la población un sentimiento de miedo, de decadencia, de vulnerabilidad: estamos atrasados, somos poco competitivos, tenemos poblaciones envejecidas. Un discurso que facilita el "chantaje" (o se acepta tal recorte o se deslocaliza la empresa), que crea miedo y xenofobia ante los movimientos migratorios, que presenta como inevitable la pérdida de derechos laborales, que justifica cualquier tipo de fusión, adquisición o deslocalización empresarial al margen del interés de los trabajadores o de los consumidores.

El proceso de globalización o mundialización en curso no es un proceso natural. No es algo que responda exclusivamente a elementos objetivos, como la revolución tecnológica, la expansión del transporte o el incremento de los intercambios comerciales. Es ante todo una respuesta política, que se sustenta en opciones concretas, que es impulsada por actores precisos, que implica medidas perfectamente reconocibles. Esta es la dimensión ideológica de la mundialización .

La globalización es una respuesta del capitalismo a lo que a finales de los años 60 y principios de los 70 se denominó "crisis de gobernabilidad": el Estado y las organizaciones de los trabajadores se habían convertido en demasiado poderosos. De forma que se habían puesto en cuestión dos principios que, según Schumpeter, son esenciales al capitalismo: la ?rentabilidad del capital? y la ?aceptación social del empresario?.

Así surgió el neoliberalismo. Toda una respuesta política impulsada por escuelas de pensamiento económico (como los "Chigao boys") y por un conjunto de políticos como Pinochet, Reagan, Tatcher. Estas políticas se materializaron en las privatización masiva de empresas y servicios públicos, la reconquista del tercer mundo mediante el arma de la deuda externa, el abandono por parte de los Estados de algunas de sus prerrogativas en beneficio del mercado y de instituciones financieras internacionales sin control democrático, la aplicación de políticas económicas que tenían por norte la desregulación laboral, el abandono del objetivo del pleno empleo, el dogma del monetarismo y de la estabilidad de los precios, la liberalización de los mercados financieros.

El capitalismo, en suma, cambió el campo de juego. Y así surgió, apoyándose en las transformaciones tecnológicas, en la liberalización del movimiento de capitales, en las empresas multinacionales, en una nueva organización del comercio internacional, la globalización. Abriendo de nuevo, tras los avances que había supuesto el Estado social y democrático de derecho, una gran brecha entre las decisiones democráticas y la esfera del mercado, de los flujos económicos y financieros.

La globalización es, en este sentido, no sólo el incremento sustantivo de los flujos comerciales, de las inversiones extranjeras y de las deslocalizaciones productivas, del movimiento de capitales sino también un cambio en las normas reguladoras. La auto-regulación del mercado trata de sustituir en todo lo que puede el papel regulador de la política y de los Estados. Así, la globalización económica es el proceso de construcción de un sistema económico mundial que trata de regular la libre circulación de todos los bienes, salvo el de la mano de obra, exclusivamente por la lógica del intercambio mercantil. Un proceso de construcción que no es natural o espontáneo, sino la consecuencia de un largo camino de políticas estatales de liberalización y de desregulación de las normas previamente existentes.

La ideología de la globalización se materializa en un conjunto de principios inspiradores: la constitución de un gran mercado mundial único, integrado, autorregulado; la puesta al servicio de la industria del desarrollo tecnológico; la liberalización económica, la desregulación laboral, las privatizaciones de empresas públicas, como instrumento para la creación de un capitalismo y de un mercado mundial; el pensamiento económico único _-estabilidad de precios, equilibrio presupuestario de las cuentas públicas, reducción del gasto público, reducción de impuestos- como reemplazante de la regulación política; el dogma de la competitividad, basada en las políticas de reducción de costes.

La globalización comporta, finalmente, una dimensión económica. Una dimensión que se manifiesta en una producción cada vez más mundializada, el extraordinario crecimiento del comercio internacional y la explosión de las transacciones financieras.

Como hemos señalado anteriormente, las empresas multinacionales, mediante inversiones directas en el extranjero o a través de subcontrataciones, pueden colocar su actividad en cualquier lugar del mundo. Las 70.000 empresas multinacionales y sus 700.000 filiales representan el 25% de la producción y el 70% del comercio mundial. Más que la competencia, estas grandes empresas multinacionales lo que buscan es el monopolio o el oligopolio. El actual proceso de fusiones y adquisiciones entres grandes grupos empresariales en todo el mundo muestra con claridad esta tendencia hacia las mega-multinacionales. El valor añadido de las 1.000 primeras empresas mundiales representa el 4,3% del PIB mundial. La primera de ellas, Wal-Mart, tiene una cifra de negocio equivalente al PIB de Bélgica (vigésimo primero del mundo) y el de las dos primeras suman lo que el PIB francés. Todo ello implica una pérdida relativa de importancia de los mercados nacionales de tal manera que las empresas de ámbito nacional tienen que responder a un doble desafío: el de las mega-multinacionales y el de los nuevos países productores a bajo precio. De esta forma, se produce una presión hacia las empresas sobre sus ratios de rentabilidad y competitividad y, respecto a los trabajadores, sobre los salarios y el empleo.

Por otra parte, en los últimos 25 años las inversiones directas en el extranjero (IDE) se han multiplicado por cuatro. Los intercambios internacionales progresan más que la producción mundial: en cincuenta años se han multiplicado por treinta, mientras que la producción mundial se ha multiplicado por diez. Y, sobre todo, la producción transferida al extranjero aumenta aún más rápidamente que los intercambios comerciales. La producción y las inversiones en el extranjero de las empresas multinacionales se han disparado: las ventas en el extranjero de estas firmas representan el 52% del PIB mundial. Esas inversiones extranjeras directas so orientan sobre todo hacia la zona Asia-Pacífico (China, Asia,menos Japón, India) los países de Europa central y oriental e Irlanda. Y, sectorialmente, hacia los servicios, que ya absorben dos terceras partes de las mismas.

En cuanto a las transacciones financieras internacionales y al movimiento de capitales, su volumen sobrepasa el del comercio internacional. Las ventas anuales de las bolsas extranjeras suponen en la actualidad una cifra que supera en sesenta y dos veces el valor del comercio mundial, mientras que en 1979 lo superaba sólo tres veces. Y ese volumen no deja de aumentar.

La mayor parte del movimiento de capitales tiene un destino especulativo. Al tiempo, las innovaciones financieras se han multiplicado, dando paso a una panoplia de distintos productos "derivados". Todo ello ha acentuado la volatilidad de los mercados financieros y los riesgos de crisis. Como señaló uno de los gurús financieros norteamericanos, Warren Buffet, "los productos derivados son armas de destrucción masiva y bombas de efecto retardado". Las crisis de 1987 y de 2000 a 2003 muestran como "un aleteo de mariposa en Wall Street se transforma en un terremoto en Yakarta", según la frase afortunada de un economista francés.

La globalización financiera, por otro lado, favorece las inversiones que buscan una rentabilidad a corto plazo, en detrimento de las inversiones a largo plazo. Esta preferencia hacia los beneficios inmediatos perjudica la innovación, la investigación, la educación y la formación y, a medio plazo, el crecimiento económico y el empleo.

Consecuencias

Consecuencias de la globalización

La globalización ha generado riqueza, pero ha provocado también desigualdades entre sectores sociales y entre unas zonas y otras del planeta. Pese a toda la retórica contra la pobreza, las desigualdades siguen siendo muy importantes: los habitantes de los países más pobres son, en media, 100 veces más pobres que los más ricos. Y lo peor es que esa brecha de desigualdad aumenta. Los 900 millones de personas que residen en el mundo rico disfrutan del 86% del gasto mundial en consumo, del 79% de la renta del planeta, del 58% del consumo de energía y del 74% del total de líneas telefónicas. Mientras que los 1.200 millones más pobres, tienen que conformarse con el 1,3% del consumo, el 4% del gasto en energía, el 5% del consumo de pescado y carne y el 1,5% de las líneas telefónicas. Y aunque parece que se ha estacando, o se está reduciendo, el porcentaje de la población que vive en la extrema pobreza (quienes viven con menos de un dólar al día), el número de los que viven con 2 dólares diarios, el 46% de la población mundial, se ha incrementado.

También en los países desarrollados la globalización, éste tipo de globalización liberal, está agravando dos tipos de desigualdades: las desigualdades estructurales, que separan a los grupos sociales, y las desigualdades dinámicas, que son las que dividen a grupos sociales homogéneos. La globalización financiera favorece las desigualdades estructurales. La movilidad de capitales facilita que éstos se dirijan allá donde el coste del trabajo sea menor y la rentabilidad mayor. Lo que favorece a las rentas y beneficios y perjudica a los salarios en los países desarrollados.

A su vez, la globalización de los mercados de bienes y servicios explica, en parte, el aumento de las desigualdades dinámicas. De acuerdo con la teoría de las ventajas comparativas las empresas multinacionales utilizan las diferencias en los niveles de remuneración, de costes y de condiciones de trabajo para poner en concurrencia a los trabajadores de diferentes países. Lo que juega en contra de los trabajadores poco cualificados en los países desarrollados y explica la crisis de algunos sectores productivos y de muchas deslocalizaciones empresariales.

Es difícil, no obstante, evaluar el impacto de la mundialización sobre las desigualdades en los países industrializados, ya que las mismas también dependen de otros factores estructurales (además de depender en gran manera de las políticas económicas y sociales a la moda) como la incorporación de nuevas tecnologías o el paso de una economía industrial a una de servicios.

La globalización, en suma, perjudica a los pobres del sur y del norte. Y debilita a los Estados. Por ejemplo, en la recaudación de impuestos debido a la fuga de capitales. Ello ha erosionado los presupuestos estatales y se calcula que la pérdida anual de recaudación de impuestos por este motivo a escala mundial es de 255.000 millones de dólares.

Respuestas

Respuestas a la globalización

La globalización es una realidad. La respuesta a la misma no puede consistir en tratar simplemente de acabar con ella o hacer como si no existiera. Es necesario, por el contrario, definir un modelo alternativo de mundialización cooperativa y crear los mecanismos institucionales y normativos para gobernarla de tal manera que pueda ser beneficiosa para todos.

Un mundicalización diferente requeriría definir orientaciones adecuadas, establecer reglas en consonancia y reforzar a los actores capaces de impulsarlas.

Orientaciones

En cuanto a las orientaciones resaltaré solamente dos: a) la necesidad de un nuevo internacionalismo; y b) la profundización de la democracia social.

a) A diferencia de lo que pasó en la que algunos han denominado "primera mundialización" (entre 1870 y 1914), durante la cual primaron en las organizaciones sindicales y políticas del Movimiento Obrero los intereses de todos los trabajadores por encima de las respectivas fronteras, hoy la izquierda tiene una posición netamente defensiva respecto a la globalización. Los intereses de los trabajadores de los países ricos y los de los pobres parecen antagónicos. De tal forma que no se puede decir que las organizaciones de izquierda de los países desarrollados, europeas por ejemplo, tengan un programa diferente para la apertura económica internacional y mundial.

Esta posición defensiva es la consecuencia del miedo a que la globalización, especialmente las políticas que la acompañan, acabe con el empleo de calidad, la protección social y las conquistas sociales de siglo y medio de luchas. Pero ello podría ser de otra forma si los Estados y las instituciones regionales trasnacionales, como la Unión Europea, establecieran nuevos mecanismos que dieran seguridad frente a los desafíos que plantea la mundialización. Como ya se hizo, por otra parte, durante la primera mundialización: la introducción de la progresividad del impuesto sobre la herencia, la tasación de los valores mobiliarios, la creación de un impuesto sobre la renta fueron las grandes innovaciones políticas de los países desarrollados durante aquella primera mundialización.

Ese nuevo internacionalismo exigiría reconducir un modelo de desarrollo impuesto por los países más industrializados y ricos (apertura total al comercio internacional, Estado débil, sistema fiscal y social infradesarrollados). Sería necesario, para ello, promover un modelo alternativo basado en el reforzamiento de las inversiones y de las instituciones públicas, un comercio internacional que tenga en cuenta las asimetrías que perjudican a los países pobres y una mayor y más democrática presencia de estos países en la gobernanza mundial.

De igual manera, la Ayuda Oficial al Desarrollo tendría que reformularse sustancialmente. Tal y como está planteada, es imposible que logre cumplir con los Objetivos del Milenio (establecidos por Naciones Unidas para reducir la pobreza en el mundo en el horizonte de 2015). Muchas cosas tendrían que cambiar en este campo para establecer un marco de cooperación que fomente el desarrollo y contribuya a distribuir los beneficios de la globalización. Para ello se necesita más ayuda, pero también mejor ayuda. Ya que, actualmente, la persistencia de la deuda externa lastra las posibilidades de crecimiento de muchos países; problemas de gobernanza en los países receptores limitan el impacto de la ayuda; la prioridad a los temas de seguridad han supuesto, en algunos países, retrocesos en las políticas sociales y redistributivas y menores avances en la consolidación democrática; el cumplimiento de los compromisos de ayuda ha sido escaso y, salvo excepciones, no se ha alcanzado; la limitada capacidad de absorción de los países receptores ha condicionado la eficiencia de la ayuda; la falta de coordinación entre países donantes y de previsibilidad en las remesas, los altos costes de transacción, la condicionalidad de la ayuda, han reducido poderosamente el impacto de la misma.

Ayuda al desarrollo que, por otra parte, habría de tener entre sus objetivos estratégicos el fortalecimiento de las organizaciones sindicales y sociales en los países en vías de desarrollo. La distribución de la riqueza es un problema de poder y sólo reforzando la capacidad de acción y de negociación de las organizaciones sindicales, políticas y sociales se podrá realmente luchar en esos países contra las desigualdades, contra la apropiación privada de la esfera pública, contra la marginación del saber y del poder de la mayoría de la población.

En tercer lugar, una política positiva de codesarrollo respecto a la inmigración. En este campo hay mucho que hacer para lograr un nuevo internacionalismo. De entrada, regularizando y estableciendo condiciones de igualdad laboral de los trabajadores inmigrantes con los nacionales. Además, promoviendo una mayor liberalización de los flujos temporales de trabajadores emigrantes: un programa de incremento de los visados temporales de trabajo en los países desarrollados contribuiría a un aumento de los ingresos de los países pobres. De hecho,las remesas de los inmigrantes ya superan actualmente el monto de la ayuda más las inversiones extranjeras, en varios países latinoamericanos.

El tratamiento de las remesas de los inmigrantes se podría mejorar con un tratamiento más justo y menos oneroso y con un apoyo a las mismas, vinculado a políticas de codesarrollo desde los países receptores de la inmigración.

b) La segunda gran orientación habría de consistir en recuperar o crear políticas redistributivas capaces de hacer frente a las consecuencias sociales de la mundialización. Como consecuencia de las crecientes deslocalizaciones hacia los países menos desarrollados, con costes laborales más baratos y legislaciones sociales, fiscales o medioambientales más permisivas, o del recurso cada vez más sistemático a la subcontratación de servicios allende las fronteras, la mundialización actual está provocando una reestructuración sin precedentes de las economías nacionales.

Los expertos no se han puesto todavía de acuerdo sobre la profundidad de los cambios en curso ni sobre su impacto sobre los países industrializados. Pero sean cuales sean, una cosa parece evidente: el coste de las reestructuraciones es soportado prácticamente en su totalidad por ciertos grupos vulnerables (obreros y empleados poco cualificados, parados, sectores productivos de poco valor añadido). Los beneficios de la globalización se distribuyen en el conjunto de la sociedad, entre productores, accionistas, profesionales, consumidores, pero sus costes se concentran, en cambio, en una parte dannificada de la misma.

En los países industrializados y ricos, que cada vez son más ricos y duplican en menos tiempo sus PIB, habría que articular reformas y medidas sociales que redistribuyeran de manera más equitativa los costes de la globalización. Pero ello tropieza con dos obstáculos esenciales: de un lado, las políticas restrictivas que llevan a cabo, prácticamente sin distinción, todos los gobiernos; de otro lado, el desfase creado por la mundialización entre las decisiones políticas y las decisiones de las fuerzas económicas. El problema es la abstención creciente de la política respecto al sistema económico. La mundialización presiona en este sentido, ya que en la tensión histórica entre capitalismo y democracia - entre una distribución del poder determinada por el voto y otra dependiente de las relaciones sociales vinculadas a la producción y a la propiedad - la globalización está otorgando una gran ventaja al capital. Su movilidad se ha acrecentado muchísimo, los capitales salen de los países en los que consideran que los salarios o la legislación son elevados y se desplazan libremente, mientras que el trabajo sigue, en lo esencial, confinado en los espacios nacionales.

El principal desafío que plantea la globalización es, como ya sucedió históricamente, la primacía de la regulación política democrática sobre la regulación por el mercado. Todo ello, en un contexto en el que es necesario combinar democracia, Estados nacionales y globalización económica. Al menos hasta un tiempo muy lejano, si llega alguna vez, en el que pueda conformarse un gobierno mundial. Mientras tanto, el gran riesgo es que el sistema económico, en ausencia de regulación suficiente o adecuada, engendre desigualdades crecientes de renta y de poder. Siendo, por otro lado, evidente que ningún reequilibrio "natural" va a corregir esas desigualdades ni distribuir de manera más justa y solidaria la carga de las transformaciones que se están produciendo a gran velocidad. Ante este "capitalismo total" que pretende imponer su hegemonía, nunca como ahora hemos tenido tanta necesidad de regulación para asegurar el equilibrio político, social, ético y ecológico del desarrollo del planeta.

En el fondo, el gran desafío que plantea la globalización es, pues, un desafío político: la necesidad de aunar, para promover políticas de redistribución, la voluntad política con un amplio acuerdo social. Tanto en los ámbitos nacionales como en los supranacionales y mundiales. Sino, se corre el riesgo grave de que de nuevo crezcan en Europa los movimientos nacionalistas, pujadistas, xenófobos y populistas de ultra-derecha, que hemos conocido en el pasado.

Reglas

Impulsar una globalización cooperativa y justa implica, por otra parte, desarrollar nuevos mecanismos de regulación, en los que estén implicados los Estados nacionales y las instituciones internacionales.

Este es un campo muy amplio que engloba desde el establecimiento de sistemas normativos equitativos y justos para el acceso al comercio internacional hasta la aplicación efectiva de los convenios fundamentales de la OIT sobre el trabajo, pasando por los requisitos que afectan a la deuda externa, las políticas de ayuda al desarrollo, la actuación de las empresas multinacionales, la protección del medio ambiente, el respeto de los derechos humanos y de las libertades fundamentales, la reforma de las instituciones financieras internacionales, el establecimiento de un sistema fiscal internacional, el respeto de los derechos de los inmigrantes, la reforma de Naciones Unidas, la participación de las organizaciones de la sociedad civil en la gobernanza global, el desarrollo la implantación y competencias de los comités y tribunales de justicia internacionales...

Desde las prioridades de las organizaciones sindicales, ésta urgencia de regulación se concreta en la exigencia de cumplir y hacer cumplir los derechos sociales en todas las partes del mundo (no es cierto que unos derechos, los de los países ricos, hagan la concurrencia a los de los países en desarrollo: al contrario, los derechos se refuerzan); potenciar los derechos reconocidos por una serie de organismos e instituciones como la OIT, las Constituciones de cada país, la carta de los derechos fundamentales de la UE, la Carta de Naciones Unidas; hacer progresar el reconocimiento de nuevos derechos, como los vinculados a la utilización de datos personales o a la igualdad de trato; incorporar los derechos sociales y laborales a los acuerdos comerciales, políticos y de cooperación internacionales, como los que tiene la UE con México o Chile; reforzar la dimensión política, democrática y social de la construcción europea.

Actores

Establecer orientaciones y reglas acordes con los desafíos que implica la globalización en curso, supone reforzar los actores que actúan en ella.

En primer lugar, el papel de los Estados nacionales. Pese a los cambios producidos por la mundialización, los Estados siguen conservando una gran capacidad de actuación. En la política macroeconómica, en la industrial, en la fiscal, en la protección social, en las políticas activas de empleo. La globalización no exime al Estado de sus responsabilidades, ni limita muchas de sus posibilidades de actuación. Para ello es esencial que haya mayorías sociales que apoyen políticas que, como sucede sobre todo en las experiencias europeas de los países nórdicos, combinen la inserción en la economía global con amplios mecanismos de protección y redistribución social.

Naturalmente, ello será más fácil y posible si las estructuras supranacionales, como la UE, articulan una respuesta solidaria a la globalización y no actúan simplemente - vía la extensión de la desregulación y del mercado - como uno de sus vectores.

En segundo lugar, el fortalecimiento de las organizaciones sindicales y sociales. Tanto a nivel nacional, con una mayor alianza entre las mismas, como a nivel supranacional y mundial, donde la unificación del sindicalismo internacional y las diferentes formas de cooperación entre ellas, como el Foro Social Mundial, pueden desempeñar un nuevo papel en el ámbito de las empresas multinacionales, de los acuerdos comerciales y de las instituciones de gobernanza global.

Finalmente, el establecimiento de objetivos comunes como el empleo decente y con derechos, el respeto de los derechos humanos, una política de inmigración al servicio de la justicia y de la libertad, el refuerzo de la institucionalidad democrática y del papel de los Estados en la vida económica y social, la lucha contra la pobreza en el mundo. Para, de esta manera, configurar una agenda alternativa a las dinámicas, objetivos y valores que impulsa la globalización liberal.

Bibliografía

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