La convivencia en paz entre los pueblos, el respeto de los derechos humanos (sociales, políticos y económicos), el crecimiento económico sostenible y la igualdad de oportunidades para toda la Humanidad, son objetivos poco discutibles e irrenunciables, pero que cada día nos parecen más lejanos. El conflicto de Oriente Medio, o la ya permanente guerra de Irak, el deterioro y la congelación de ciertas libertades civiles en Estados Unidos y Europa como consecuencia de la denominada "prevención contra el terrorismo islámico" o la baja calidad democrática de sociedades emergentes, por ejemplo, Rusia y China, así como la falta de libertades en la mayoría de los países del mundo, nos hacen ver que la lucha por los valores esenciales de la Humanidad, que antes enunciábamos, tiene carácter permanente en el tiempo y se precisa una renovada energía para afrontar el gigantesco esfuerzo que suponen la paz, la libertad y los derechos humanos para todos los habitantes del planeta.
Y, sin embargo, no basta con la intención ni con las acciones precisas que cada uno podamos aportar; hace falta conseguir individuos activos, es decir, ciudadanos (en tanto que sujetos políticos) comprometidos con el mundo en el que viven y dispuestos a atender y dar respuesta desde la convivencia pacífica a los problemas que un mundo globalizado plantea. En este sentido, la formación surge como una herramienta indispensable para movilizar las conciencias y las voluntades; la educación en valores y la formación para la ciudadanía cobran carta de naturaleza y protagonismo en la lucha por la paz y la democracia.
Como dice J. M. Touriñán, en las sociedades abiertas occidentales, la ciudadanía y la convivencia se han convertido en ejes fundamentales de la educación porque representan de manera genuina la educación de la responsabilidad con sentido democrático. Responsabilidad, participación y comunicación intercultural, porque representan valores cognoscibles y, por tanto, son enseñables y realizables, se convierten, junto con la educación en valores y la educación intercultural, en objetivos de la formación para la convivencia pacífica. Hoy estamos en condiciones de afirmar que la condición de ciudadanía y la convivencia pacífica permiten a los humanos hacer valer su humanidad, porque una sociedad civil es deseable si sus miembros promueven y gestionan valores y propician líneas de cooperación entre las personas.
Igualmente, se propuso en el Foro Mundial de la Educación (celebrado en Dakar en el año 2000) que el objetivo de la formación debe ser velar por que sean atendidas todas las necesidades de aprendizaje de jóvenes y adultos, mediante el acceso equitativo a un aprendizaje adecuado y de preparación para la vida activa. En el debate abierto con motivo del citado congreso se planteó la cuestión en términos de dilema: competencias para la vida o para el mundo del trabajo. Las competencias para la vida entendidas así deberían proveer las herramientas necesarias para la transformación de las sociedades y contribuir a la realización de una globalización con cara humana.
Manos a la obra, pongámonos a valorizar el aprendizaje de la ciudadanía como actividad permanente a lo largo de la toda la vida; pongámonos a mejorar los conocimientos, competencias, destrezas y aptitudes que permiten a las personas convertirse en sujetos políticos con derechos y participar como auténticos ciudadanos responsables en la creación de un mundo más justo, equitativo, solidario y en paz.